Nicolás Herrera

Nicolás Herrera

Se pude definir de muchas maneras a un pintor, y siempre, lo que más le caracterizará será el contenido de su obra. Nicolás Herrera es un pintor que viene del otro lado del océano y nos presenta una pintura de plenitud visual que le retrata a él como persona y como artista; es un fabulador. Sólo así se puede explicar el deslumbramiento que producen sus telas en el espectador.
Hicolás Herrera es heredero de una rica vertiente pictórica. En su Ecuador natal, Guayasamín y otros grandes artistas han dejado su originalidad, color y maestría técnica en obras de arte mayúsculas. Herrera tiene esa paleta de colores de tierra americana, pero le sabe a poco y amplía su universo cromático a esos colores de la fantasía que crecen abrigados en la naturaleza del trópico, donde el tiempo transcurre no en minutos sino en descomposiciones de luz.
Esta obra nacida en la mitad del mundo ha encontrado eco universal. Las pinturas de Nicolás Herrera, que han viajado a varios continentes, se comunican con facilidad porque contienen un universo rico de sentidos: De los rincones de la fábula sus fastuosas criaturas estilizadas en volúmenes, animan, denuncian, se vuelven ecologistas, encierran poseía y son libres. Como artista Nicolás Herrera no descansa en su asedio al penetrante mundo del color. Crea un mundo de pintura con ritos de artista, define con lucidez, y logra así su especial comunicación cromática.
Nicolás Herrera propone un arte que tiene raíces pero que no tienen fronteras.

Oscar Jara Albán – Madrid, marzo 2000

Biografia

NICOLÁS HERRERA Y SUS ENCANTAMIENTOS

POR RODRIGO VILLACÍS MOLINA

Desde el taller del pintor Nicolás Herrera (Los Andes, Carchi, 1961) se ven las plácidas aguas de la laguna de Yahuarcocha, al norte de Ibarra, y dentro, muchos cuadros ya terminados o por terminar, esculturas y máscaras para la exposición a la que ha sido invitado por el Banco Central.

– Estoy muy contento con esta obra -afirma con un entusiasmo que le salta a los ojos-, porque en ella he puesto todo de mí… como siempre. Y después de Ibarra voy a llevar la muestra a Estados Unidos y a Europa.

– Tú ya has expuesto en el exterior…

– Individualmente en Estados Unidos, Suiza, España y Canadá, y he participado en numerosas colectivas en otros países.

– ¿Cómo te ha tratado la crítica extranjera?

– No puedo quejarme, ha sido generosa; lo mismo que aquí. Tengo algunos premios, el Luis A. Martínez, de Ambato (1978) y el Mariano Aguilera, de Quito (1990).

– ¿Cómo comenzaste?

– Yo fui a estudiar en la Politécnica Nacional de Quito, y me tocó compartir con un pintor, Fernando López, Taller de Grabado de la Casa de la Cultura. Puedo decir que ahí me inicié, viéndole trabajar.

– ¿Algún antecedente?

– Bueno, yo por los libros tenía conocimiento de la pintura universal, de los grandes maestros; pero no sabía nada de la pintura ecuatoriana, hasta que a los 18 años de edad fui a conocer en Quito el Museo de Arte de la Casa de la Cultura. Recorrí minuciosamente, durante horas y horas todas las salas, hasta cuando cerraron, y al salir tenía ya una convicción: yo era eso, ¡un pintor! Lo demás, solo era cuestión de aprestarme para asumir mi rol.

– ¿Papel. Lápices, lienzos, pinturas, libros?

– Sí, y prepararme. Lo hice en solitario, y comencé a pintar con pasión. A partir de ese momento he vivido realmente, he disfrutado del arte. Desde luego sigo aprendiendo…

– ¿Entonces, cómo es eso de la Politécnica? ¿Pensabas hacerte ingeniero?

– Yo vine a la Politécnica porque me gustaban las matemáticas, después de haber pasado por el Seminario San Diego de Ibarra…

– ¿Pensabas hacerte cura?

– No, pero siempre me interesó profundamente la cosa teológica, la aproximación a Dios. Esto desde pequeño: desde cuando estaba en mi escuela de Los Andes, la Pedro Fermín Cevallos.

Selección de imágenes