Juan Antonio Cavo

Juan Antonio Cavo

Nació en Montevideo en abril de 1932. En 1959 ingresa al Taller Torres García, donde estudió cerámica y pintura con José Gurvich, arte constructivo con Manuel Pailós, y pintura y dibujo con Guillermo Fernández. Participó en exposiciones del Taller Torres García y realizó diversas muestras individuales en Uruguay y en el exterior. En 1971 se radicó en La Paz, Canelones. Fallece en 1994.

Biografia

La vida breve y el barro eterno: 1932-1994

Recordar la obra y la figura de Juan Antonio Cavo significa volver a traer a la mente o al corazón, una sola imagen, porque es imposible pensarlo sin que ambas cosas se superpongan. Siempre sentí que la vida fue avara con él. Primero, se había demorado en descubrirle el barro y la cerámica, y segundo, se había apresurado en llevárselo anticipadamente. La pasión por el barro y su encuentro resultó de un proceso cargado de esfuerzos y angustias. Una pelea que comenzó con la pintura, a pesar de las elogiosas apreciaciones de su maestro de entonces y luego amigo, el pintor Guillermo Fernández. El plano del cuadro lo enfrentó a ese “miedo al vacío” que está desde siempre en el origen de todo acto creador, y llegó un momento en que esa angustia lo paralizó. De tal manera se produjo esto que cuando -al influjo de otro maestro, el artista José Gurvich- comienza a modelar y a comunicarse con el barro, el sentimiento de libertad, la alegría del acto creador y la percepción de haber encontrado “su material” le cambiaron la vida y el humor. El barro, su mezcla, preparación y colado, su especial color gredoso, era el comienzo de la tarea y había que ver la alegría que lo embargaba cuando en algún rincón de su La Paz querida, un zanjón abierto por alguna pala mecánica, le descubría esa greda siena natural tan característica del color de sus obras. Su espíritu era el del linyera, se conectaba con el barro como quien encontrara un tesoro en medio de montañas de desperdicio y detenido con asombro frente al hallazgo, su alma se colmaba de alegría. “Mirá lo que encontré” te decía con entusiasmo y descargaba la bolsa llena de barro, imaginando tal vez, que a partir de allí, Juan Antonio Cavo como por encanto y en un acto mágico aunque inevitable, comenzarían a salir formas redondas y ovaladas, curvas y rectas, huecos simulando ventanas, ventanas por donde asomarían hombres y mujeres de cualquier lugar del planeta, porque sus formas aludían y expresaban al ser universal, y sus miradas, dos pequeños puntos en la cara, como el detalle si se quiere, más simple y potente de un modo de ver sin fronteras, donde se concentran paradigmá- ticamente, el nexo entre lo individual y lo colectivo, entre el yo y el universo. Es que los seres que poblaron el mundo creativo de Juan Antonio Cavo (“Cachito” Cavo) nos representan a todos; borran las diferencias y rescatan las formas fundamentales de la geometría humana, de la que todos, sin excepción, somos parte y arte. Entendiendo su espíritu nos acercamos mejor a su obra y frente a ella, consecuentemente, participamos del espíritu que la hizo posible. Se habla a menudo de la simplicidad de las formas que componen ese mundo de imágenes que su obra nos propone y por lo tanto, de la correlación con un espíritu similar que las materializa. Ni una cosa ni la otra. En “Cacho” se combinaban en dosis insospechadas, una conciencia lúcida sobre los límites de lo humano y la función social de la cultura, de la cual el arte es expresión. Admiraba todas las manifestaciones artísticas y era común escuchar de qué manera valoraba y ponderaba las virtudes ajenas, las enseñanzas recibidas y las deudas contraídas con aquellos que tanto le dieron. En este contexto, debemos deducir que la claridad de su espíritu, más que tributaria de una visión simple, era el resultado de una profunda lucha interior a través de la cual fue modelando y construyendo una manera posible de entender y traducir su propia e insustituible percepción del mundo, las cosas del mundo y la adecuación de ellas, al universo del arte. Como a pocos, le dolía la condición humana, y todas las formas ocultas o visibles de la violencia, y por contrapartida, cultivó en el territorio de la creación la doble convicción de alimentar en el mismo acto, su amor por el arte y la vida. “De barro somos” podría expresar ese modo posible de ser y hacer. Recuerdo cómo amasaba el barro en sus manos con delicada precisión, mientras conversábamos sobre temas cotidianos, cómo iba componiendo la obra, moviendo “la pieza” de un lado a otro y hasta a veces deteniéndose para preguntar, “¿cómo la ves aquí?”, para ubicarla luego en el lugar exacto que la requería. Corría el mate y de vez en cuando el agua tibia del termo se mezclaba en una tacita con un poco de barro para hacer la “barboArtistas olvidados /// La vida breve y el barro eterno: 1932-1994 diciembre 2011 / nº 20 La Pupila / 21 tina”, y si ya no quedaba agua humedecía el dedo con la lengua y pegaba o alisaba una superficie, con todo lo cual era común verlo con la cara pintada de barro, como si él mismo se mimetizara con la querida materia prima de su trabajo. Su figura entonces adquiría la dimensión de su obra y quedaba claro que la una era la prolongación de la otra. Al igual que lo hacía con su trabajo, había ido elaborando un ritmo para la vida, y en ese proceso no se registraba la lucha interior, todo parecía surgir con la natural cadencia de los hechos inevitables. Sin embargo, recordamos que muchas veces, terminada una obra, casi sin palabras, con breves gestos en sus labios o algún movimiento de la cabeza, insinuaba que hubiera preferido otra cosa. Su espíritu le informaba que por ahora no se podía hacer nada, que lo mejor era dejarla así y en su fuero íntimo alimentaba la esperanza que sería “para la próxima vez”. Realizaba en un cuaderno o en hojitas sueltas que luego pegaba, toda una serie de dibujos a lápiz en los que iba registrando detalles significativos de sus “aciertos”, acentuaba en ellos algunos datos sobre las luces y las sombras de las formas que luego se transformarían en volúmenes. Acumulaba experiencia y conocimiento siempre con el objetivo de modificar y profundizar el contenido formal y sensible de su obra. Planchas con diferentes relieves componían un mundo de figuras cotidianas, traspasadas por una geometría universal humanizada, cilindros convertidos en torres pobladas, como un corte que, mostrando el fragmento, evidencia la totalidad del universo, esferas enormes coronadas por algunas pequeñas, celebrando en la abstracción del símbolo la humana condición de la maternidad, la pareja, el ser y su geografía. Salía con su cuaderno a caminar por el barrio, sacando “apuntes” de lugares y personas poniendo el acento en la singularidad del conjunto, de cómo se daba la conjunción entre el plano de una casa, una parte del árbol, la ventana y una cara que se asomaba. Sacaba apuntes como quien luego va a escribir una historia, sin saber que lugar le correspondería a cada personaje, lo cierto es que en el momento menos pensado, aparecían incorporados al repertorio de sus recursos y posibilidades. “Un día de estos, tenemos que salir juntos a dibujar.” Fue de esta manera y por mucho tiempo un modo de despedirnos y decirnos un “hasta mañana”, un modo inconsciente de alimentarnos en la generosa fuente de la amistad y el reencuentro cotidiano. La vida se lo llevó tempranamente. Algunos lo atribuyen al cigarro de tantas horas en que debió enfrentar los desengaños de la peripecia creadora; otros, quizá mas creí- bles, sostienen que no se “fue”, que sigue como el barro, viviendo eternamente en la cristalina belleza de sus obras, en la humana geometría de sus figuras.

Juan Mastromatteo

Selección de imágenes